El milagro del cerezo (Leyenda de Japón)

Existe en Wakegorik, distrito de Iyo, un cerezo antiquísimo, el Jiuroku-zakura, o, mejor dicho, el cerezo del decimosexto día, llamado así porque en ese día del primer mes de cada año florecía – esto está calculado por el antiguo calendario lunar-, y solamente ese día.

Es costumbre del cerezo florecer, como todos sabemos, en primavera; mas este árbol famoso no seguía este hábito por la sencilla razón de que en su interior albergaba un espíritu humano.

Aconteció esto de la siguiente manera:

Samurai

Hace cientos de años vivía un samurai en Iyo y este árbol crecía en su jardín. El samurai era ya muy viejo; tanto, que había visto morir a todos los de su familia, hasta sus bisnietos, y ya no le quedaba nada en el mundo en que pudiera depositar su cariño más que el cerezo. La verdad es que él había visto crecer al árbol, se había columpiado en sus ramas de niño, y así lo habían hecho sus padres y sus abuelos, y hasta generaciones olvidadas.

Pero un triste año el árbol se secó y murió.El viejo creyó con ello que se le iba la vida y mandó no arrancar el árbol, juzgando que de esta manera reverdecería. Mas en vano; cada vez seguía más seco. Los vecinos, viendo las penas que pasaba el anciano samurai, reunieron entre todos dinero y le compraron un árbol (también un cerezo), el más bonito que había en la región. El samurai les hacía creer que con eso ya había quedado satisfecho; pero interiormente lloraba con amargura la pérdida del árbol querido.

Un día se le ocurrió una idea feliz. Era el día dieciséis del primer mes del año. Se fue a su jardín, solo, y arrodillándose delante del árbol, le habló de la siguiente manera:

— Dígnate, te lo suplico, florecer una vez más, porque yo voy a morir en tu lugar.

Todo el mundo cree en aquellas tierras que, siempre que se quiera, y que los dioses lo concedan, se puede cambiar la muerte de una persona por un animal o un árbol. Ésto se llama la permuta.

Entonces, debajo de aquel árbol ya seco,el samurai extendió unos lienzos blancos y, por encima, los mejores tapices de su casa, y se sentó encima, haciéndose el hara-kiri, según la costumbre de los samurais. Y el espíritu del samurai entró en el árbol, haciéndolo florecer poco después.

Y todos los años sigue floreciendo en el mismo día del mismo mes, a pesar de ser el más frío del año y cuando las nieves están aún en el suelo. Desde lejos vienen de los pueblos a verlo cubrirse de flores y a pedir al espíritu del samurai toda clase de favores.

Antología de leyendas (1955) – V. García de Diego – Ed LABOR

 

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